4 milagros de la medicina española

Estas historias con final feliz ilustran el alto nivel de la sanidad en nuestro país.

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Milagros de la medicina española

Gracias a la pericia y también a la entrega de los profesionales de la medicina que los trataron cuando más lo necesitaban, los gemelos Mario y Pablo, Margarita, Carlos y Ángel salvaron la vida o superaron trastornos que son poco frecuentes. Estas son sus particulares historias, que ponen de relieve el alto nivel que la sanidad tiene en nuestro país.

 

Caso 1: Al quirófano antes de nacer

Pablo y Mario tienen dos años y medio y fueron sometidos a una intervención compleja en el útero. A su madre, Tamara Fernández Calle, se le complicó el embarazo con el síndrome de transfusión de gemelo a gemelo. En este trastorno, los fetos comparten placenta y conexiones sanguíneas, pero un fallo en estas hace que un hermano bombee sangre al otro. El resultado es que el gemelo donante no crece lo suficiente, apenas orina, se queda sin líquido amniótico y puede morir por falta de oxígeno. El receptor, por su parte, se desarrolla de forma anormal; orina para tratar de reducir el exceso de sangre que recibe, lo que genera mucho líquido amniótico. El sobreesfuerzo puede afectarle al corazón.

"Este problema, cuando se presenta antes de la viabilidad, desemboca en la muerte de ambos en la gran mayoría de los casos", explica Eugenia Antolín, jefa de Ecografía y Medicina Fetal del Hospital La Paz de Madrid y médico de la paciente. Sin embargo, hay veces que tiene solución gracias a la cirugía endoscópica. Mediante una técnica mínimamente invasiva, la fetoscopia, se coagulan con láser las conexiones vasculares placentarias para restablecer el flujo sanguíneo adecuado. No se trata de una intervención frecuente, pero en el Hospital La Paz se realizan unas quince al año desde hace un lustro.

 

El diagnóstico suele hacerse entre la semana dieciséis y la veintidós del embarazo. "Aunque se obtienen mejores resultados cuando se interviene después de las veinte semanas, a veces, la gravedad del cuadro requiere actuar a edades gestacionales más tempranas. Es una intervención compleja, pero estamos especializados en ella", recalca la doctora Antolín.

 

Las posibilidades de supervivencia son entre un 75 % y un 85 % para al menos un gemelo, y del 55 % al 60 % para ambos. Las secuelas neurológicas se sitúan por debajo del 5 % y con frecuencia están relacionadas con un parto prematuro. En el caso de Tamara, la operación se llevó a cabo en la vigesimotercera semana de gestación. Recuerda que permaneció tranquila, "porque sabía en manos de quién estaba". Resuelto el problema, el embarazo continuó con normalidad. Pablo y Mario nacieron con dos kilos de peso y sanos.

 

Caso 2: El martirio de una prótesis infectada

Margarita Cuétara, de 53 años y residente en Puebla (México), ha vuelto a interpretar su papel en La casa de Bernarda Alba, la obra de Federico García Lorca. Fue operada en varias ocasiones de la cadera hasta que en una de ellas se infectó la prótesis. El dolor la acompañó durante meses. “En la cicatriz de la operación apareció un bulto doloroso, y un día reventó. Me sometieron a otra cirugía, pero al mes la herida volvió a abrirse y regresé al quirófano para una limpieza. Sin éxito”, detalla la actriz.

 

En medio de ese calvario, casualmente, su hermano leyó un reportaje sobre Manuel Villanueva, un virtuoso de la traumatología mundial, director de Avanfi y de la Unidad de Prótesis de Cadera y Rodilla y Recambios Protésicos del Hospital Beata María Ana de Jesús, en Madrid. Tras una conversación con el especialista, Margarita se puso en sus manos. “Llegó a Barajas de su vuelo transoceánico con la ropa manchada de pus, estaba consumida por la enfermedad, pero mantenía una mirada viva y transmitía una dignidad y un deseo de curarse que me impresionó”, rememora el doctor Villanueva.

 

La infección en las operaciones con prótesis representa una de las complicaciones más importantes y devastadoras. Es muy poco frecuente en una primera intervención, pues ocurre como máximo en un 3 % de los pacientes, aunque el porcentaje va incrementándose cuando aquellas tienen que repetirse o los tejidos están muy dañados.

 

El objetivo del tratamiento es, en palabras del especialista, “erradicar el proceso infeccioso y mantener la función de la extremidad”. Para lograrlo, se lleva a cabo un tratamiento en dos tiempos. En la primera cirugía se retira el tejido contaminado, se implanta una prótesis temporal recubierta de antibióticos y se colocan unos espaciadores para mantener la articulación activa. Solventada la infección, se ejecuta el implante definitivo.

 

“La gente me ve caminar con normalidad y les parece increíble. Hasta bailo, eso sí, con precaución”, recuerda la paciente. Casos como el suyo son extraordinarios, pues la mayoría de las personas que pasan por un quirófano no tienen problemas.

 

Estas operaciones antes eran poco comunes, pero ahora, como destaca el doctor Villanueva, son muy demandadas: “Primero, porque las tasas de éxito se han elevado, dada la superespecialización de los cirujanos y las mejoras en los materiales. Pero, sobre todo, porque las prótesis dan excelentes resultados. No hay que temerlas, no duran, como todo el mundo cree, solo diez años”. Las de rodilla pueden alcanzar los veinte y las de cadera incluso los veinticinco entre los pacientes de menos de 55 años. Se espera que la incorporación de nuevos metales ultraporosos que permiten una mejor fijación al hueso hagan que estos resultados sean la norma o incluso mejoren en un futuro cercano.

 

4 milagros de la medicina española

Caso 3: Vivir sin morirse de sueño

El tesón es la mejor cualidad que define a Carlos –el nombre es ficticio–. Reside en Palma de Mallorca y ha aprendido a nadar contra corriente. "Si no tuviera narcolepsia, sería un prodigio, porque el esfuerzo me cundiría mucho más", afirma. Su padecimiento es el más grave de las hipersomnias, unos trastornos que se caracterizan por la somnolencia constante e involuntaria y por ataques de sueño diurnos incontrolables y frecuentes.

 

Eduard Estivill, director de la Clínica del Sueño Estivill de Barcelona, asevera: "Afecta a entre dos y siete personas de cada 10.000. El 88 % desarrolla los primeros síntomas antes de los 35 años, pero a veces pasa mucho tiempo hasta que son diagnosticadas". Para Carlos todo empezó cuando tenía doce, aunque las pesadillas y las alucinaciones llegaron antes: "Jugaba al tenis, y de camino a las pistas me quedaba dormido en el coche. En un partido noté cómo de cintura para arriba el cuerpo se me paralizaba. Estos ataques me duraban unos segundos", explica.

 

La somnolencia afecta a todos los narcolépticos, y la cataplejía, a siete de cada diez. Un 25 % de estos últimos sufre alucinaciones al inicio o al final del sueño y solo el 5 % padece parálisis. "La cataplejía consiste en la pérdida brusca y reversible del tono muscular durante la vigilia, desencadenada por una causa emocional, como la alegría, el miedo o la sorpresa. Puede afectar a algunos o a todos los grupos musculares y la inmovilidad dura desde unos segundos hasta media hora", informa el experto.

 

Una situación típica del trastorno se da en los jugadores de baloncesto o de tenis, como Carlos, que notan la sensación de pérdida de fuerza de sus brazos en momentos decisivos. La emoción de tratar de ganar puede provocar el ataque. Si nadie sabe que la causa es la enfermedad, el afectado llega a pensar que ya no sirve para practicar ese deporte, lo que desencadena una frustración.

 

En una de las pruebas médicas para averiguar el origen de su problema, Carlos se quedó dormido. La sospecha de que sufría un trastorno del sueño fue inmediata, y su médico familiar recomendó a sus padres acudir a un especialista. El doctor Estivill aplicó un tratamiento contra los síntomas, ya que no hay terapia que acabe con la enfermedad: "Prescribimos fármacos contra la somnolencia, hipnóticos para dormir mejor y medicamentos que controlan la cataplejía".

 

Además, son fundamentales unas buenas rutinas de sueño, que incluyen horarios estables y siestas diurnas. "Carlos está estabilizado y viene a controles cada seis meses, pero mantenemos contacto por correo, lo que nos permite resolver pequeños problemas", apostilla. Para este especialista, el aspecto emocional del paciente y de su entorno es fundamental: "En este caso, hemos tenido la colaboración de una familia excepcional, que ha dado un respaldo absoluto al tratamiento".

 

Carlos quiere ser médico. Su ángel de la guarda, el doctor Estivill, le vaticina un gran futuro profesional, "ya que puede realizar la mayoría de actividades pese a las limitaciones que le impone su enfermedad. No podrá ser corredor de carreras de motos o Fórmula 1, pero también tratamos a personas que son médicos o artistas y viven felices". Tras la experiencia, su paciente lo tiene claro: "Mi vida nunca hubiera sido la que tengo y la que me espera sin su cuidado".

Milagros de la medicina española

Caso 4: Cuando el corazón deje de latir

 Quería ser policía y para aprobar las oposiciones acudía puntual a sus entrenamientos en un polideportivo de Alcorcón (Madrid). Ángel Lázaro, de veintiséis años, corría en la cinta cuando se desvaneció por una parada cardiaca. Así lo rememora: "Todo lo que sé me lo han contado. No recuerdo nada. Siempre he practicado mucho deporte y, aunque fumaba algo, nunca llegué a sospechar que esto pudiera sucederme". Afortunadamente, en el centro habían adquirido un desfibrilador externo automático (DEA). El dispositivo permite reanimar al paciente gracias a una descarga eléctrica que restablece el ritmo cardiaco.

 

La fibrilación ventricular –la peor de las arritmias– y la taquicardia ventricular son las causas más comunes de las paradas. Todos tenemos en la retina la imagen del futbolista del Sevilla Antonio Puerta, que cayó fulminado en un encuentro. No es un caso aislado. En España, 24.000 personas de cualquier edad, sexo o condición física pasan cada año por esta experiencia. Solo una de cada veinte sobrevive gracias a una atención inmediata.

 

Hace más de una década que los DEA se han ido instalando en empresas, estaciones, gimnasios o grandes almacenes con el objetivo de aumentar la supervivencia. La mitad de los pacientes salvarían la vida si en los tres o cuatro primeros minutos tras el suceso se les atendiera adecuadamente.

 

"La probabilidad de conseguir una desfibrilación exitosa se reduce un 10 % por cada minuto que se retrasa su aplicación", recuerda José Luis Zamorano, jefe de Cardiología del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, y médico de Ángel. Cada segundo cuenta. Hay que devolver la consciencia al paciente, y lo que es más importante, asegurar su calidad de vida. "Se trata de lograr que el afectado siga teniendo una actividad social y laboral plena", apunta el doctor Zamorano. Debemos tener en cuenta que, cuando el corazón se para, el oxígeno que transporta la sangre deja de llegar a los tejidos, incluidos los del cerebro, lo que puede provocar lesiones irreversibles.

 

Carla Lázaro, hermana del enfermo y cardióloga, comenta: "Tuvo mucha suerte. No solo porque la atención fue inmediata, sino porque pude acceder al registro del desfibrilador y comprobé el buen trabajo que se había realizado". Por eso, los especialistas insisten en la importancia de formar a todo el mundo en el manejo de estos aparatos. Si no se hace, no sirven de nada.

 

Como medida de seguridad, se le colocó un desfibrilador automático implantable (DAI). Ubicado debajo de la piel y de la grasa, y algunas veces, bajo el músculo pectoral, este dispositivo detecta los problemas del latido del enfermo. Reúne las funciones de un marcapasos y de un desfibrilador. Lo primero lo lleva a cabo aplicando pequeños pulsos de bajo voltaje indoloros y generalmente inapreciables. Si hay un nuevo paro cardiaco, ejecuta su segundo papel con descargas más intensas, también conocidas como choques. El paciente las percibe como un golpe fuerte y pueden ser dolorosas. "Ya no puedo ser policía, pero sigo haciendo ejercicio y llevo una vida normal, controlado por un gran equipo médico. Lo cierto es que en mi caso había antecedentes familiares de parada cardiaca, pero no reparamos en ello", apostilla Ángel.

  

Fotografía: gentileza de Tamara Fernández Calle

Ilustraciones: José Antonio Peñas

Etiquetas: corazónmedicinasalud

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