El origen del miedo

Una de las sensaciones más intensas que podemos sentir los seres humanos es la del miedo. Si tiene miedo a viajar en tren padece de siderodromofobia, si siente un recelo incontrolable hacia su suegra padece penterafobia, y si tiene miedo de usted mismo, fobofobia.

Ahora bien, si uno ojea los experimentos realizados para estudiar el miedo se encontrará con que los objetos más habitualmente utilizados para provocar ese sentimiento son las serpientes y las arañas. Podemos consolarnos sabiendo que no estamos solos. Nuestros primos los chimpancés tienen una aversión terrible a las serpientes: chimpancés nacidos en cautividad gritan aterrorizados al ver por primera vez una serpiente.

Otros miedos comunes son los relativos a nuestro entorno natural como la altura, las tormentas, los grandes carnívoros, la oscuridad, la sangre, el agua profunda y entre los sociales tenemos el temor a los extraños, al qué dirán y a dejar la casa sola. Son temores provocados por los peligros que nos acechaban cuando vivíamos en la sabana y el miedo era la emoción que nos forzaba a superarlos.

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Resulta curioso que todos esos miedos ancestrales sigan tan vivos entre nosotros. Teniendo en cuenta el ambiente en que vivimos deberíamos tener miedo a cosas como a las armas, los coches, el gas butano, usar el secador cerca de la bañera… pero no a las arañas o los ratones. En una sorprendente encuesta realizada entre los escolares de Chicago, que, como a cualquier niño, sus padres les riñen convenientemente si cruzan la calle sin mirar o juegan despreocupadamente a la pelota cerca de los coches, los motivos de mayor miedo no eran los coches yendo a gran velocidad sino los tigres, los leones y las serpientes. Unos peligros realmente improbables en una ciudad moderna.

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